domingo, 17 de noviembre de 2013

Reuniones improductivas con sabor a café


Mucho se ha hablado, escrito, escuchado y debatido sobre reuniones improductivas. La mayoría de los managers lleva a sus espaldas unas cuantas horas de formación sobre gestión eficaz del tiempo, pero o no lo interiorizan o directamente no les importa la eficacia de este tipo de espacios, porque siguen estando ahí, devorando y consumiendo recursos.

Aunque todas pueden calificarse de improductivas, tienen sus matices y en este post -por aquello de que en ocasiones se resuelve más en la máquina del café que alrededor de una mesa de reuniones- voy a utilizar precisamente este símil para describir alguna de ellas.

En el TOP 5, por su frecuencia en nuestras organizaciones, se encuentran las reuniones tipo:

#1 “Café solo corto”.

Suelen comenzar sin previo aviso, con un “¿tienes un momento?. En estas reuniones el convocante suelta un speech, que tenía más o menos preparado, te dice lo que quiere que hagas de manera telegráfica y no espera réplica. Si tienes dudas, peor para ti.

 
#2 “Café solo largo”.

Normalmente son reuniones convocadas con cierta  antelación  o incluso periódicas, eso sí comenzar, lo que se dice comenzar, lo harán por sistema entre 10-20 minutos tarde y finalizarán seguramente una hora después de lo previsto. En ellas siempre hay un participante que parece disponer de todo el tiempo del mundo. Habla y habla sin parar, de lo divino y de lo humano, esté o no relacionado con el objetivo de la reunión. Cuando finaliza, tienes agujetas en los oídos, un agujero en el estómago, estrés acumulado por la cantidad de trabajo que te queda por hacer y la sensación de pérdida absoluta de tiempo.

 
#3  “Café con leche el de toda la vida.

Convocatoria: “En cuarto de hora nos vemos en mi despacho para tratar unos temas”. Reuniones sin planificación y por supuesto sin orden del día. Como desconoces el motivo  real de la reunión y no tienes ni idea de esos temas que van a ser tratados no preparas nada y cuando el convocante te pregunta “¿Cuáles son los resultados?” miras al horizonte y con mayor o menor fortuna contestas “estoy concluyendo el informe, mañana los envío”. El final de estas reuniones es el comienzo de la siguiente (sentarse para ver el informe que no se ha presentado) empleando el doble e incluso el triple de tiempo, recursos y esfuerzos para abordar y resolver el tema en cuestión.


#4 “Café con leche corto de café”.

Están convocadas un día y a una hora concreta, pero 30 minutos antes (incluso en la misma puerta de la sala de reuniones), el convocante os dice “lo siento, vamos a tener que posponerla unos minutos, estoy pendiente de una llamada urgente”. El tiempo transcurre y la sala de reuniones reservada para una hora sigue vacía. En el último momento os reunís, planea telegráficamente por los temas incluidos en el orden del día y como el tic tac del reloj llega a su fin, termina antes de comenzar con un “os convoco otro día para ampliar la información”.

#5 “Café descafeinado”.

Son reuniones convocadas a bombo y platillo, en las que se va a contar “algo importante para el equipo. Durante semanas todo el mundo alimenta los corrillos de la empresa haciendo conjeturas sobre su posible contenido, generándose unas tremendas expectativas ante tanto misterio y formalidad; el día acordado se asiste con un cierto nerviosismo. Comienza. Hablan, hablan. Y tú escuchas, escuchas y esperas, esperas porque tras 1 hora sólo se han contado cuatro cosillas de nada y la traca final, la gran noticia no llega. Finalizada abandonas la sala con un “seguro que me he perdido algo; esto es más de lo mismo ¿Dónde está la novedad?”.

 
La lista podría continuar; estos son sólo algunos ejemplos que seguro has identificado, pero estoy convencida de que podríamos ampliarla con muchos más ¿Cuáles incluirías tú?

 

 

 

 

 

 

jueves, 31 de octubre de 2013

La arruga es bella y… sabia.



Sí, debe de ser cierto.

Uno traspasa la frontera de los 40 y ¡oye, que comienzan a suceder cosas en tu interior y en tu exterior que antes ni existían!


Las externas, las del envoltorio, son más o menos evidentes dependiendo de los genes, de la alegría que le hayas dado a tu cuerpo Macarena y de los cuidados con los que lo hayas mimado y reparado.

Mejor no hablar de ellas. Las ves, están ahí, conviven contigo como “Los otros” y aprendes a detectarlas al vuelo cada vez que te miras en el espejo. ¡Horror!

Soy de las que opina que hay que saber envejecer. Cada arruga, cada cana muestran el mapa de toda una vida vivida. Respeto a los que se afanan en aparentar 10 años menos, pero no formo parte de su club.

Creo sinceramente que sobrevaloramos lo que fuimos en nuestra juventud. Nos gusta hablar de los sueños rotos y del ímpetu que teníamos a los 20 años, cuando todo estaba por llegar; de la ilusión que le añadíamos a cada decisión, a cada proyecto; y es cierto…a medias:


Porque a los 20 años:

-         Normalmente no nos conocemos. 

-         Intuimos lo que nos podría gustar y hacernos felices, pero tenemos serias dudas al respecto.

-         Vemos  el horizonte allí a lo lejos y creemos que si le ponemos ganas, muchas ganas y tiempo, mucho tiempo, lo conseguiremos.

Pero con 40:
-         Si o si nos conocemos (aunque algunos no lleguen a hacerlo nunca ya que mirar en el interior es un ejercicio complicado y en ocasiones doloroso; aceptar qué y quien eres puede no ser grato; enfrentarte a tus demonios menos aún) lo que nos hace más fuertes frente a las críticas.
-         Tal vez aún no sepamos lo que nos gustaría hacer con nuestra vida, pero lo que sí tenemos claro es lo que no queremos en ella. Delimitamos. Diversificamos nuestra atención. Dejamos de ser lo que otros quisieron que fuéramos para centrarnos en lo que queremos ser ¡pese a quien pese!
-         No estamos para tonterías. Atrás quedaron las alineaciones estratégicas sin condiciones ni condicionantes (pareja, amigos, trabajo…). “Si quieres que te siga convénceme”.

Porque ahora sabemos:


Que en el camino recorrido hemos perdido mucha vida y que el resultado no siempre ha hecho que mereciera la pena.

Que la meritocracia no es suficiente, ni lo más importante.

Que el horizonte no es algo estático, sino que lo cambian de sitio constantemente.

Que la energía no la dan los años, sino los sueños.

Que hay muchas formas de esclavitud, y que por la Libertad se paga un alto precio.


Y todo eso, entre otras cosas, nos hace ser más SABIOS.
 O eso creemos.

¿Qué opinas tú?


domingo, 13 de octubre de 2013

No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy: da las gracias.

Al dirigir personas pasamos por alto con demasiada frecuencia -ocupados en miles de asuntos que llenan nuestra agenda- , la tremenda importancia que tienen para los colaboradores nuestras palabras, nuestras acciones y sobre todo nuestros silencios. 
En ocasiones somos tan herméticos que para saber qué queremos o para intentar comprendernos deben medirnos hasta el último movimiento de pestañas; buscan para encontrar la coherencia en nuestro liderazgo o todo lo contrario, agujeros negros por los que se cuela nuestra credibilidad y con los que nosotros solitos nos desprestigiamos, perdemos gancho, dejamos de ser seguidos para ser obedecidos. El no reconocimiento mantenido en el tiempo conduce al “si bwana”.

En general nos cuesta reconocer públicamente que alguien ha hecho un estupendo trabajo, dar las gracias, palabra casi mágica que dicha con honestidad produce estupendos efectos secundarios que lamentablemente olvidamos. 

Hoy quiero compartir con vosotros la historia del que sin duda fue el reconocimiento más importante de los dados en todos estos años coordinando personas. Antes y después hubo otros muchos, cómo no podría ser de otra manera, pero aquel fue especial.
Pronto entenderéis por qué. 

De él siempre escuche barbaridades. Un bala perdida que sólo en la Administración Pública podía ser mantenido; de hecho cuando me incorporé a trabajar como administrativa del Departamento de RRHH estaba sancionado y dos años más tarde aún no le conocía. Enganchaba expedientes disciplinarios como quien hace calceta, hasta que un buen día apareció, le destinaron a los archivos y a las dos semanas volvió a desaparecer.  

El tiempo pasó. Tanto, que la Responsable de RRHH que tenía que asignar destino y función a este empleado en un segundo  intento de reinserción laboral era yo.

Recuerdo que el primer impulso fue mandarle nuevamente a galeras, pero decidí darle una oportunidad; mantuve con él una larga entrevista en la que descubrí a un hombre maduro, que había vivido lo suyo y que había encontrado la serenidad. Risueño, extrovertido y con unas tremendas ganas de empezar de cero que aproveché; tras un training comenzó a atender a nuestros clientes en el punto de atención directa al empleado (todo un riesgo, todo un éxito). 

Su incorporación supuso un cambio. Cada vez que el ambiente se tensaba, soltaba cuatro chistes y el mal rollo desaparecía. Tenía una habilidad especial para hacerlo. A su ritmo, hacía un buen trabajo. Se integró sin problemas, convirtiéndose en pieza clave para la cohesión del equipo.  

En las Navidades de su segundo año, mandé un mensaje especial a cada colaborador dándole las gracias, reconociendo lo que había aportado al equipo ese año y aquello (no siempre coincidente) por lo que había sido importante para mí en dicho periodo.  

Nadie dijo nada. Ni para bien ni para mal. Al menos no delante de mí. Supongo que para algunos fue demasiado novedoso, en el “Sistema” este tipo de cosas jamás se hacían. En fin, lo hice porque me apetecía hacerlo. Y dio sus frutos…más tarde. 

Meses después, una mañana M. no acudió a trabajar. Al principio pensamos que se había dormido; luego que un atasco le retenía en algún punto del trayecto, y por último -por qué no confesarlo- que había vuelto a las andadas.  

Aún recuerdo el estupor que sentí al ser consciente de que nunca más volvería a verle. El destino y su corazón habían decidido que the game is over”. Un golpe tremendo.  

Pero el aprendizaje aún no había llegado. No del todo.

Tras el funeral cuando me acerqué a presentar mis condolencias a la familia, una madre destrozada y sin consuelo aferró mi mano y dijo:  

No sabe usted lo importante que fue para él la carta que le envió; llegó a casa como un niño chico; nos la enseñó a su padre y a mi:

-      Mirad lo que dice mi Jefa, ahora sí que podéis estar orgullosos.

 Muchas gracias por haber hecho a mi hijo tan feliz”.

Seguro que sois capaces de entender cómo me sentí.

Desde entonces no espero fechas señaladas para agradecer un trabajo bien hecho, una mano tendida, un café compartido, el apoyo incondicional, una sonrisa.. lo tengo incorporado a mi día a día y ya forma parte de mí.

Reconozcamos y agradezcamos sin miedo lo que nos aportan las personas que tenemos a nuestro alrededor. Lo que con su esfuerzo y su ayuda conseguimos, por pequeño que sea.

No hace falta colgar la foto del empleado del mes. Es mucho más sencillo, motivante y además gratis: basta con decir GRACIAS.

sábado, 28 de septiembre de 2013

#M4M: Todos para uno, uno para todos.




Esta es la historia de Mateo, un niño especial, muy especial.  

Esta es la historia de unos padres que no se derrumbaron, o lo hicieron justo lo necesario para coger impulso. 

Esta es la historia de una familia que primero estrechó lazos para luego expandir la lazada y que esta acogiera a cuantos quisieran colaborar. 

Cuando Eugenio de Andrés  Socio Director de Tatum Consulting Group pidió mi colaboración, no dudé ni por un instante en apoyar la iniciativa. Por muchos motivos, entre ellos experiencias familiares similares, y la empatía que da llevar trabajando en el entorno sanitario más de veinte años, los últimos en contacto directo con pacientes que diariamente comparten conmigo sus tragedias, que buscan que les escuche, que entienda su sufrimiento; buscan soluciones que muchas veces saben no van a llegar; buscan encontrar ESPERANZA en mi mirada o en mis palabras. 

Porque la de Mateo es sin duda una historia de ESPERANZA y ESPERANZADORA, que ha puesto de manifiesto


miércoles, 11 de septiembre de 2013

Que no son higos, que son brevas


Cada año desde hace unos cuantos, veraneo en el mismo pueblo costero; me gusta la cotidaniedad, el sabor local, la playa poco masificada, los helados en el paseo marítimo y las estupendas tapas en el chiringuito de la playa viendo cómo el sol se posa sobre el mar en calma.

Cada año como si de una tradición se tratara, compro en un puesto del mercado, una brevas estupendas que para quien las vende son los mejores higos de la comarca; y cada año cuando regreso a surtirme de más provisiones y cuando con una estupenda sonrisa el vendedor me pregunta “qué, ¿le gustaron los higos?”, se inicia la discusión del verano: él, erre que erre con que son higos y yo –que cabezota soy un rato y que en mis años de infancia me empaché de los unos y de las otras- no paro de repetir que son lo que son, unas estupendas brevas, por su sabor y textura. 

Cada año salgo exhausta de la batalla dialéctica, con un mal rollo tremendo porque he perdido un tiempo estupendo en defender ¿unas supuestas brevas? ¿Y lo discuto con un entendido en la materia?

Absurdo.

miércoles, 31 de julio de 2013

8 características del Jefe “Don Perfecto"


Convivir con un Jefe de este tipo (Eneatipo 1) es complicado; si se sitúa en la franja insana, en la zona más oscura de su personalidad puede convertirse en castrador: aguantar controles exhaustivos, críticas feroces y ese perfeccionismo extremo… viendo en su mirada como la bilis le llega a la garganta, y cómo haciendo gala de un autocontrol que para sí lo hubiera querido RoboCop suelta con aparente indulgencia cargada de ira soterrada “déjalo, lo has intentado, ahora me ocupo yo” que daña más, mucho más porque no deja espacio para las explicaciones.
A estos Jefes les adorna una cintura de mamut que no les permite adaptarse al cambio, por pequeño, productivo y necesario que este sea. Tienen que tener todo, absolutamente todo, bajo control; esa sensación es lo que les “sostiene” tanto en el puesto (y no por mucho tiempo) como en la vida.
Viscerales, sumisos y eficaces, de haber podido decidir, hubieran elegido trabajar en la soledad más absoluta ya que nadie hace las cosas mejor que ellos,  pero dado que la vida les ha planteado una prueba tan difícil -la de coordinar un equipo de colaboradores- se comportará con ellos en el mejor de los casos como Maestro Yoda, y en el peor anulando cualquier iniciativa y autonomía.
 ¿Qué es lo que vemos? 

sábado, 1 de junio de 2013

El aparente viaje a ninguna parte.


Sergio pasó por una etapa laboral difícil y realmente aterradora; cada vez que quedábamos veía cómo se apagaba, cómo su mundo giraba alrededor de la pesadilla en la que vivía y que le asfixiaba. Se le veía derrotado, deprimido, hundido en una espiral de sufrimiento que no le permitía tomar impulso; simplemente se había rendido. Estaba tan noqueado que a pesar del dolor creía que esa vida era la única que podía vivir; que debía seguir esforzándose en mantener un puesto de trabajo que olía a moho.
Cuando el final llegó con el despido oportuno, Sergio quedó hecho una piltrafilla, sólo quería hibernar. Como amiga compartí con él todo su viaje interior y con su permiso ahora lo hago con vosotros.

¿Te gusta lo que ves en el espejo cada mañana? -me preguntó un día- Hacía tanto tiempo que no me miraba en él que casi había olvidado mi imagen; ahora suelo quedarme plantado frente a mi reflejo analizando si ese tipo que me mira soy yo o es un extraño. No le entendí. 

Dos meses después Sergio seguía anclado en la primera etapa de su viaje sumergido en la autocompasión y centrado en la tremenda injusticia que se había cometido con él: “Me lo han robado todo: salud,   tiempo dedicado a mi familia, mis conocimientos… todo; me han usado y tirado como una colilla, me siento un inútil, un fracasado.  Le escuchaba; cada vez que necesitaba hablar –y era a menudo- estaba ahí; formaba parte de la red emocional que en esos momentos le sostenía corrigiendo los mensajes autodestructivos que se lanzaba. 

Transcurridos cuatro meses Sergio se había mirado tanto en el espejo que aunque todavía apagado me dijo mientras devorábamos un plato de pasta: “ He analizado una y otra vez todo lo que pasó, y ¿sabes?, es cierto que mi postura no ayudó en la nueva etapa; me enroqué y actué de manera equivocada; pero también es cierto que lo tenía controlado, el equipo estaba motivado –siempre fui un buen gerente de proyectos y de equipos- sinceramente, creo que estaba fuera desde hacía mucho tiempo y no lo supe ver”. 

Sergio se había parado (le habían parado) y había mirado en su interior. Ahora era capaz de reconocer sus fortalezas y debilidades. Comenzaba a aceptar lo sucedido. Estaba iniciando la segunda etapa del viaje, avanzaba en el autoconocimiento y se despegaba del problema para ver la situación con cierta perspectiva. 

Fue por entonces cuando le regalé el cuento que había escrito para mi hija, “Lucas y las gafas mágicas”, unas gafas que permitían a quien se las ponía ver todo lo que le rodeaba de manera distinta. 

Una noche transcurridos los nueve primeros meses, me telefoneó para decirme: Tal vez ha llegado el momento de dar un golpe de timón; hemos hablado mucho de esto en el pasado ¿recuerdas cuando compartíamos nuestros sueños, en mi caso montar mi propio despacho, estar un año fuera, en Estados Unidos, dedicar parte de mi tiempo a la docencia..? pues creo firmemente que he de intentar que alguno se haga realidad. Al menos ahora sé lo que no quiero y mientras pueda, intentaré huir de ello como de la peste.  

Sergio llegaba a la tercera etapa: la reconstrucción de los sueños rotos, el volver a sentir ilusión cada mañana al levantarte.  

A partir de ese día nuestras conversaciones tomando café ya no giraban en torno al pasado sino a la viabilidad de sus proyectos, esto es, el futuro. Sergio sonreía más frecuentemente aunque aún lo hacía con los ojos tristes y la angustia de quien le pide a su familia esfuerzo, comprensión y renuncias. 

Pasó de estar desocupado a tener la agenda llena: tiempo dedicado a reciclarse, tiempo dedicado a ampliar su red de contactos, tiempo dedicado a buscar financiación, tiempo dedicado a diseñar su proyecto; tiempo dedicado al fin y al cabo a poner piedras para edificar su nuevo futuro profesional.  

Un año y medio después del tremendo zarpazo, Sergio concluía la última etapa: la de los fracasos superados y los proyectos iniciados; me invitó a cenar pero antes pasamos a visitar su despacho compartido con otros profesionales en una céntrica calle de Madrid: “Bienvenida a la República Independiente de mi casa, desde aquí ¡voy a comerme el mundo!, bueno, si me dejan”. Atrás quedaban los días amargos y sin luz. “Es curioso cómo nos ponemos cadenas alrededor del cuello que nos pesan, que nos oprimen, y encima damos las gracias porque somos afortunados de llevarlas. Ahora no sé con cuánto dinero voy a contar a final de mes, hemos tenido que malvender el Audi y la casa; nos hemos trasladado a un piso de alquiler… todo realmente ha sido muy duro, pero me siento liberado y María y los niños también; ahora nuestra vida se centra sí o sí en el presente al que todos nos tenemos que adaptar; ciertamente siento que el control de mi vida está en mis manos; he recuperado la libertad y eso, Isabel, ¡no tiene precio!. Sí, se le veía feliz, muy feliz. Fuimos a celebrarlo. 

Sergio afortunadamente consiguió salir ileso de su travesía, aquella que había iniciado aparentemente hacia ninguna parte ya que no veía salida ni futuro, tan sólo un tremendo agujero negro de desolación y con la que consiguió llegar a su Isla del Tesoro. Le quedaba muchísimo por hacer y no se engañaba: sabía que el camino que había elegido no iba a ser precisamente de rosas sin espinas, enlosado y por el que pasear pausadamente. Pero había conseguido levantarse y seguir peleando. A muchos otros en su misma situación les había dejado en el camino, hundidos por tremendas tormentas que les hicieron naufragar y perder el rumbo.  

Espero que no sea tu caso. Si es así, esta es mi humilde sugerencia: regresa a la casilla de salida, reconstruye tu nave, compra una buena brújula que siempre te recuerde donde está el norte, elimina de tu equipaje lo que no siendo imprescindible pese demasiado, elige bien a la tripulación que ha de acompañarte y vuelve a intentarlo.

Estoy segura de que con rasguños y tiritas en el ego y en el corazón, al final de tú viaje serás más fuerte, serás más sabio.

 Que los vientos te sean favorables

jueves, 16 de mayo de 2013

Ya lo decía Epicuro: objetivo vital = alcanzar la Felicidad



Si este filósofo de la Atenas del siglo IV a.C. escuchara de alguno de nosotros la famosa frase “el dinero no da la felicidad pero ayuda a conseguirla” no sé si sonreiría o diría seriamente “¡qué poco han aprendido!” 

Ciertamente, ya que el significado de la misma dista mucho de su planteamiento filosófico que ahora, deshidratado e interpretado con un criterio muy personal –espero que los realmente entendidos en el tema perdonen la simplicidad y sean benévolos con las incorrecciones-, comparto con vosotros. 

Para Epicuro el principal objetivo en la vida debía de ser alcanzar la Ataraxia, la Felicidad, un estado de placer sereno, reposado y duradero. ¡Ahí es nada!

Mantenía que:

No sabemos lo que nos hace felices.

      No siempre deseamos lo que necesitamos.        

Al no entender lo que realmente nos hace ser felices buscamos sustitutivos (comprar, tener poder, tener dinero, posesiones…).

Epicuro defendía que existen dos grandes bloqueadores que nos alejan de ese estado de serenidad y plenitud no permitiendo por tanto que seamos felices:


1.      Nuestros miedos. Identificaba el miedo al dolor, a la muerte, a los dioses y al destino (cierto que algunos han cambiado, pero hemos incorporado otros igual de limitantes). 

Su receta para minimizarlos -> el TETRAFARMAKON  

-         No hay que tener miedo a la muerte. Mientras vives la muerte no existe, cuando mueras dejarás de existir ¿para qué angustiarse con algo que no existe?

-         El dolor es pasajero y soportable, si fuera intenso y permanente causaría la muerte.

-         Los dioses, si existen, están demasiado ocupados y son demasiado importantes para emplear su tiempo en controlarnos y en estar pendientes de nuestras vidas.

-         El destino no está escrito. Cada uno de nosotros dirigimos nuestras vidas y construimos nuestro futuro.


2.      Los deseos/placeres que intentamos satisfacer a toda costa y que él clasificaba en: 

-  Naturales y Necesarios básicos para vivir: comer, beber, ...

 Naturales y No Necesarios, variaciones superficiales de las anteriores: comer bien, vestir bien...

No Naturales y No Necesarios, generados por la publicidad, por  las opiniones de los demás: poder, riqueza…; el obsesionarse con estos últimos es lo que, según el filósofo, nos producirá a la larga dolor en el alma, alejándonos de la ansiada Ataraxia.


Para ser feliz Epicuro proponía una fórmula aparentemente sencilla:

 (A)+(B)+(C)+(D) = INGREDIENTES PARA ALCANZAR LA FELICIDAD, donde:

(A) = Cultivar la amistad, de manera intensa. Compartir mesa y mantel, ideas y temores. Rodearte de personas que quieres y que te quieren.

(B) = Intentar ser libres, no dejar que las opiniones de los demás nos limiten e interfieran indicándonos que es lo que debemos hacer; no permitir que nos generen necesidades superfluas.

(C) = Ser prudentes a la hora de calcular los placeres/deseos que queremos satisfacer y los que es mejor rechazar, para lo que es imprescindible tener clara la naturaleza de los mismos y si la necesidad que sentimos es real/natural o inducida.

(D) = Reservar tiempo para la reflexión/meditación, para analizar desde la serenidad nuestra vida, lo que marcha bien y mal, lo que nos preocupa, lo que tenemos y lo que queremos realmente alcanzar.

No parece complicado ¿no?

Pues eso, ¡a poner en práctica estos principios e incorporarlos a nuestro diario! Mal no nos va a hacer y ¡quien sabe!, tal vez alcancemos así, sin darnos cuenta, la Ataraxia, que al fin y al cabo con diferentes nombres es lo que todo hombre busca y pocos alcanzan.

Fuente de la fotografía: http://365palabras.blogspot.com.es/

domingo, 14 de abril de 2013

Cuando la motivación ni está ni se la espera


Como líderes de equipos ¿quiénes de vosotros no contáis o habéis contado con colaboradores cuyo cuerpo físico se sentaba a vuestro lado en las reuniones de trabajo, calentaba la silla frente al ordenador, pero su alma, su mente estaba Far, Far Away?

A ver, el que ha contestado con rotundidad “YO”. ¿Estás seguro? 

No voy a describir aquí los aspectos que engloban este tipo de absentismo, el llamado psicológico; creo que todos –los que lo sufren y los que los sufren- identificamos que el desaliento, el malestar, la apatía va minando lo que comenzó siendo una historia de compromiso y que acaba convirtiéndose -con el tiempo, una caña y alguna que otra expectativa no cumplida- en un matrimonio de conveniencia donde los sentimientos de unión, los proyectos compartidos desaparecen. Se permanece por el pan de los hijos. 

Hasta que un buen día es necesario plantar encima de la mesa los papeles del divorcio porque: 

(1) La motivación ni está ni se la espera con lo que

(2) La relación se ha vuelto irrecuperable y

(3) La convivencia es insoportable.

Un caso más de profecía autocumplida. 

Tampoco será objeto de esté post la diferencia entre motivación intrínseca y extrínseca; ni hablará de la importancia de la primera como fuente de satisfacción más perdurable que la segunda y de gran ayuda cuando aparezcan los primeros síntomas de desilusión.  

No hablaré de la actitud personal, sin duda la llave maestra para afrontar en la vida todo, absolutamente todo, lo bueno y lo malo. 

Entonces –pensarás en este punto y con razón- ¿de qué vas a hablarme? 

Pues del papel que cómo líderes tenemos en el fin de la luna de miel. 

Quiero suscitar en ti la necesidad de plantearte si sabes realmente qué es lo que ha llevado a ese colaborador a deslizarse hacia un punto de no retorno; de si lo habéis hablado; de cómo estás dirigiendo la situación y de qué final quieres poner a vuestra relación de colaboración. 

La experiencia me ha enseñado que al queme interior nuestro colaborador llega por un sumatorio de motivos pero que también siempre existe un suceso puntual que produce un crack interior activando la desconfianza y agudizando los sentidos en negativo, lanzando el mensaje interior soy como una mesa, haga lo que haga no lo tienen en cuenta, me siento apartado, nadie cuenta conmigo que como un mantra se repite varias veces al día, a lo largo de una larga jornada laboral. 

Como responsables de equipos en ocasiones el día a día no nos deja ver con claridad los malos entendidos, la falta de fluidez y concreción de nuestros mensajes. Pensamos que la culpa la tiene el propio trabajador que es un “amargao” o la Empresa, así, como ente diluido.  

Hace años como Responsable de RRHH dirigí un grupo focal bastante amplio cuyo objetivo era escuchar activamente las necesidades del personal de Administración y tenerlas en cuenta a la hora de diseñar programas específicos de desarrollo. 

Al grupo fueron convocados algunos de los trabajadores más recalcitrantes, los protestones, los quejicosos. Quería, aún asumiendo la dificultad del manejo grupal, darles la oportunidad de expresar qué era lo que según ellos estábamos haciendo mal.  

Cuando presenté los resultados al Comité de Dirección, en el fondo nadie se sorprendió. Todos pensábamos en grandes proyectos pero ¿sabéis qué era lo que más desmotivaba a aquellos trabajadores? 

Pues en el ranking, tras la falta de actualización de conocimientos, se encontraba el que la mayoría de los líderes:  

(a) Nunca daba las gracias

(b) No reconocía el esfuerzo ni el trabajo bien hecho

(c) Lanzaba órdenes para que las tareas se ejecutaran sin explicar  por qué y para qué se hacían

(d) Faltaba flexibilidad.

La retribución quedó relegada a unos puestos inferiores. 

Además de “poner las pilas” a algún que otro responsable e intentar concienciarle de la necesidad de humanizar sus relaciones profesionales, pusimos en marcha 3 líneas de trabajo: 

Plan de formación específico para ese personal (en el entorno sanitario público y en los años de los que os hablo 1999/2000 era algo anecdótico) generando una cultura de aprendizaje, democratizando el conocimiento. 

Dirección por Objetivos entendible y explicada en sesiones de trabajo; tras ellas cada trabajador conocía perfectamente cómo su actividad y objetivos individuales contribuían a los logros generales, además de tener identificadas las competencias que le serían revisadas en la evaluación del desempeño anual tomando ésta a su vez como guía para planes de desarrollo casi individuales. 

Banco de tiempo. Se acabó el café para todos. La disponibilidad de determinados trabajadores para ampliar su jornada, incluso trabajar algún que otro sábado cuando existían picos de trabajo que así lo requerían y que no podía retribuirse económicamente, era recompensada con tiempo, con horas que podían acumular y usar cuando las necesitaran. 

No tuvimos la suerte de recuperar a todos los desmotivados, pero sí a un número nada desdeñable. 

Todo no fueron éxitos. En una etapa profesional posterior viví la transformación de la colaboradora perfecta, entregada y potente. Primero noté que desaparecía de su rostro la sonrisa. No le di la importancia que el hecho requería. Después su ritmo y calidad de trabajo descendió paulatinamente. Mantuvimos conversaciones para intentar corregir las deficiencias pero sinceramente, parecían diálogos entre besugos.  

Dada su absoluta falta de motivación, le planteé la posibilidad de desarrollar una nueva faceta profesional para la que se había formado en los últimos años –seguía pensando que era una buena profesional y que tal vez recuperara en otro área lo que había perdido en la mía-. Se negó. Pero fue en esa última conversación cuando estalló: “¿Ahora? Ya no. Hace dos años cuando me presenté al proceso de selección interno, no me ayudaste a conseguir el puesto, es más, me dijeron, me aseguraron que fuiste tú la que bloqueó la selección. 

Yo directamente tenía la mandíbula desencajada como el Mago de Aladín. Todo, absolutamente todo se debía a un rumor de pasillo sin fundamento. Le expliqué -cómo lo había hecho en su momento que, nunca, jamás, había puesto pegas a su reorientación profesional. No me creyó. Siguió pegada a la pantalla de su ordenador esperando que el tiempo pasara. Estaba perdida o más bien no la supe ganar.  

Aprendí una gran lección: cuando un colaborador quiere volar, hay que hacer todo lo posible porque su vuelo se haga realidad; no valen las medias tintas, ni las recomendaciones templadas. 

Llegados a este punto ahora te toca a ti analizar tu estilo de dirección, determinar si estás dispuesto a ponerte las orejas de escuchar y repescar para la causa a ese colaborador que anda un tanto perdido, o más bien te da pereza, no estás dispuesto a pasar por una sesión de autocrítica y prefieres que “si la motivación no está no se la espere”; en este caso ¡cuidado! ahora puede ser uno, mañana el equipo entero, pero será tu decisión. 



lunes, 11 de marzo de 2013

Planifica acciones, ponlas en práctica y analiza el resultado. Practicando STOPP SPA (IV)


Antes de continuar trabajando en las últimas etapas del Método STOPP SPA, repasemos lo que hemos aprendido hasta el momento:

En Y tú ¿cómo te enfrentas a los conflictos?" conocimos las diferentes posturas adoptadas ante los conflictos que nos rodean.

"Identificar sentimientos" nos ayudó a analizar qué emociones y sentimientos nos suscitaba el recrear mentalmente el conflicto y aprendimos que es necesario desarrollar la empatía para tener una perspectiva más global del asunto y así poder abordarlo.

Con los ejercicios propuestos en "Analiza el conflicto, define tu meta, diseña acciones" practicamos cómo conocer el origen del problema no resuelto que ahora se ha convertido en conflicto, fijar nuestros objetivos y definir las acciones que dependiendo de nosotros mismos podemos poner en marcha para conseguirlos.

 Si es así, continuemos con el resto de fases:

 S T  0  P              S   P  A

                 P     PREVEER el resultado de las acciones

En este momento tenemos identificadas esas acciones que queremos activar para acercarnos al objetivo deseado. Pero no basta con hacer una lista, comenzar a desarrollarlas y ver qué pasa, ya que el resultado puede sorprendernos para bien o para mal y “pillarnos” desprevenidos.

Por eso es importante que medites detenidamente sobre las repercusiones que tendría la puesta en marcha de cada una de ellas, anticipándote a su resultado. Con esto ganarás en seguridad. Para que sea efectivo, has de mirar cada alternativa desde todas las perspectivas posibles.

Alternativa 1 (prepara una ficha para cada acción)
¿Qué pasaría si haces lo planteado?
¿Cómo reaccionaría la otra parte?
¿Cómo afectaría al resto de personas implicadas? ¿Cómo reaccionarían?
¿Qué podrías obtener, a corto, medio y largo plazo? ¿Qué perderías?

 S T 0 P P         P  A

                S SELECCIONAR la mejor alternativa

Una vez analizadas todas las opciones, ordénalas y priorízalas; es posible que a la vista de los efectos esperados, descartes más de una. No pasa nada. Mejor medir nuestras fuerzas antes de entablar batalla y que desfondarnos en mitad de la misma. Concéntralas en las que a priori tengan una mayor probabilidad de éxito.

De todas ellas, elige la que vas a desarrollar en primer lugar  y deja el resto en la retaguardia. Recuerda que lo realmente importante es conseguir tu objetivo.

S T 0 P P       S     A

                    P PLANIFICAR su puesta en marcha

 Si ya tienes elegida esa primera opción, ahora debes planificar con cuidado cómo y cuándo vas a activarla.


En tu caso concreto, una vez ordenadas las opciones, plantéate
¿Cuál crees que es la mejor para alcanzar tu objetivo?
¿Cuáles son los principales obstáculos que crees se podrían presentar? ¿Son salvables y asumibles?
¿Cómo la vas a poner en práctica? ¿Cuándo?
Si al hacerlo no consigues el resultado esperado ¿qué podría pasar? ¿cómo vas a reconducir la situación?
Si la primera acción fracasa, a la vista de su resultado ¿crees que puedes activar el resto de opciones? ¿Es mejor esperar y reformular el objetivo?

Si has realizado correctamente los ejercicios, tendrás identificadas las consecuencias -siempre existe un espacio más o menos amplio para la sorpresa-, eso ha de darte pistas sobre cuando plantearla y como hacerlo. Una vez más, prepárala, practícala antes de presentarte ante la otra parte y anticipa qué harías o cómo reaccionarías si las cosas no salen cómo pensaste que podrían resultar.

La última fase de este Método, no deja de ser un punto y seguido.

S T 0 P P        P  
                       A    ANALIZAR el resultado

Tal vez no hayas logrado tu objetivo, es posible que el conflicto no se haya resuelto, incluso, quien sabe, sea más virulento. Bien, de los errores nuestros y ajenos se puede y debe aprender.

Sea cual sea el resultado obtenido, analiza qué elemento/s no tuviste en cuenta, qué salió mal, qué planteamiento fue el equivocado; tal vez el objetivo era inalcanzable y no lo quisiste ver, te enrocaste; o fueron las formas y no el fondo las que no funcionaron.

Es importante tomar nota de lo que ha fallado para no repetirlo y de lo que nos ha funcionado para reeditarlo cuando así lo necesitemos.

Tras esto ¿qué?.... pues a seguir perseverando, perfeccionando y aprendiendo.


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