Cada
año desde hace unos cuantos, veraneo en el mismo pueblo costero; me
gusta la cotidaniedad, el sabor local, la playa poco masificada, los helados en
el paseo marítimo y las estupendas tapas en el chiringuito de la playa viendo
cómo el sol se posa sobre el mar en calma.
Cada
año como si de una tradición se tratara, compro en un puesto del mercado, una
brevas estupendas que para quien las vende son los mejores higos de la comarca;
y cada año cuando regreso a surtirme de más provisiones y cuando con una
estupenda sonrisa el vendedor me pregunta “qué, ¿le gustaron
los higos?”, se inicia la discusión del verano: él, erre que erre
con que son higos y yo –que cabezota soy un rato y que en mis años de infancia
me empaché de los unos y de las otras- no paro de repetir que son lo que son,
unas estupendas brevas, por su sabor y textura.
Cada
año salgo exhausta de la batalla dialéctica, con un mal rollo tremendo porque he
perdido un tiempo estupendo en defender ¿unas supuestas brevas? ¿Y lo discuto
con un entendido en la materia?
Absurdo.