"Si tus acciones inspiran a otros a soñar más, aprender más, hacer más y ser mejores, eres un líder". John Quincy Adams

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domingo, 5 de febrero de 2012

Si nunca has fallado, nunca has vivido


Decidí como título de este post la última frase de un vídeo “Life=Risk” porque personalmente me encantó; resalta la importancia de fallar, de superar la caída, de seguir apostando por tu sueño o de reinventarte para conseguir el éxito, “tú éxito”.

Y he aquí el quid de la cuestión: ¿qué es el éxito? A los que formamos parte de la famosa generación “x” o de la generación “baby boom”, nos “programaron” para concebir que el éxito era llegar a la cima y que todo aquel que no lo conseguía era un auténtico perdedor; debíamos de ser JASP, Jóvenes Aunque Sobradamente Preparados; teníamos que ser brillantes porque éramos muchos en todo: clases masificadas, procesos de selección masivos,.. o competías y ganabas o pasabas al olvido, y eso te convertía en un fracasado.

Algunos tuvimos “suerte” y conseguimos destacar; focalizamos toda nuestra energía en desarrollar lo que con orgullo esgrimíamos ante el mundo: “nuestra carrera profesional”; horas de trabajo interminables, propuestas ilusionantes llenas de adrenalina, empuje, energía, agresividad y liderazgo,.. destacabas -eso era necesario- y además te hacía sentir importante. Pero con lo que no contábamos es con que este hecho tenía una “cara oscura” como la Luna: sin quererlo o más bien sin darnos cuenta, acabamos identificando nuestro ser, nuestro yo, con lo que alcanzamos profesional y socialmente.

Ese es el Gran Error. 

Me vais a permitir utilizar otro ejemplo conocido por la mayoría: conseguimos “nuestro queso”, apreciado por todos los que lo probaban. Cada día y durante años lo habíamos elaborado con los mismos ingredientes, los que nos hicieron ser “elegidos” hasta que una mañana se sienta a la mesa un nuevo comensal alérgico a alguno de los ingredientes básicos, fundamentales de nuestro producto, un producto conocido, consolidado, con una marca propia dentro de la empresa. Cuando esto sucede, hay “cocineros” que buscan otros mercados donde su “queso” sea aceptado y valorado, pero la mayoría prefieren seguir en su área de confort, “esto es lo que sé hacer, creo firmemente en ello, me ha ido bien y a este nuevo comensal le podré convencer cómo hice con otros”. Ese es el punto de inflexión, el principio del fin, pero claro, en ese momento no somos conscientes de ello.

Comienza la etapa de declive: intentas apañártelas como puedes, mantienes la esencia del producto que paulatinamente comienza a ser rechazado hasta que ese maravilloso queso, que era alabado y cuya elaboración supone en esos momentos un esfuerzo casi sobrehumano para ti -que además has perdido la ilusión porque hagas lo que hagas ves cómo no se aprecia- deja de ser degustado y un buen día se retira de la carta y del menú. 

Llega ¡la Gran Crisis!, la interior, la que más duele, la que hace tambalear tu existencia y que se suma a la exterior de la que en este post no vamos a hablar aunque todos la tengamos presente.

La mayoría de las personas que han pasado por esta experiencia vital cuentan que existen básicamente dos posturas en el modo de vivirla: sentirte fracasado (tú eras valioso por el queso que hacías, es más, se había producido tal simbiosis que tú eras el queso) o buscar otras posibilidades (tu eres algo más que el queso que elaborabas y puedes ser aceptado en otras mesas y por otros comensales) –esta sería la postura de la mosca. 

Si estás pasando por esta situación que sin duda, no nos engañemos, es traumática, ¿qué quieres ser, mosca o abeja? Belén Varela inicia sus conferencias sobre “Optimismo para el éxito” presentando gráficamente el siguiente experimento: si ponemos una botella de cristal en posición horizontal, metemos en ella a una abeja y a una mosca y ponemos un foco de luz en la base de la misma, la abeja -animal lógico, con movimientos medidos, elegantes pero repetitivos-, intentará encontrar el camino hacia la luz golpeándose una, dos, mil veces contra la base de la botella sin conseguir salir de ella y muriendo en el intento. La mosca, menos racional y glamorosa, pero más práctica, volará circularmente dándose golpes a lo largo de toda la botella hasta conseguir salir aún encontrando la salida alejada del foco de luz, lo que parecía a priori imposible, arriesgado e incluso peligroso. 

Yo sin duda prefiero ser mosca. Nuestra área de confort nos debilita, nos empequeñece y nos frustra. Hay un mundo más allá de la botella que conocemos y la salida puede estar donde menos esperamos. 

Si confiamos plenamente en “nuestro queso” tendremos que buscar activamente otros mercados donde se deguste, tal vez mejorando su marca (sin duda una oportunidad); si consideramos que es el momento de retocar ingredientes para mejorarlos pues hagámoslo (¡qué es esto sino otra oportunidad!); o tal vez nos ofrezcan fabricar cerillas (¡estupendo, todo un nuevo mundo por descubrir!) y sobre todo es necesario, yo diría imprescindible, que en esta nueva etapa incorporemos de nuevo a nuestro proyecto la ilusión perdida y disfrutemos de cada uno de los pasos que vayamos dando. 

La vida está llena de fracasos, personales y profesionales; hay que caer pero también levantarse, curar las heridas y aprender a caminar, tal vez por otros caminos que nos permitan llegar al éxito, pero esta vez asegurándonos de que es “nuestro éxito”. 

Y recuerda: si nunca has fallado, nunca has vivido.




Imagen: Pixabay

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