"Si tus acciones inspiran a otros a soñar más, aprender más, hacer más y ser mejores, eres un líder". John Quincy Adams

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domingo, 7 de octubre de 2012

Y tú ¿cómo te enfrentas a los conflictos? – Practicando STOPP SPA (I)

 
Imagen: Pixabay
¿Conflicto? ¿Alguien ha dicho conflicto?... ¡Uh!
 
Es pronunciar esta palabra cargada de elementos subjetivamente negativos, y se nos eriza el vello; sabemos que el conflicto es positivo y que bien gestionado es una oportunidad de mejora, pero… ¡qué pereza nos da remangarnos y entrar de lleno en él!
 
Si tienes hijos o has observado a niños pequeños mientras juegan habrás comprobado empíricamente por qué aparece el conflicto: normalmente cada niño quiere jugar con un juguete y su deseo choca con el deseo/preferencia/necesidad del otro; en el mundo de los adultos esto es exactamente igual, cambiamos las palas y el cubo por proyectos, decisiones, medallas…
 
Generalmente somos flexibles y gestionamos los conflictos de manera diferente en función de lo que nos estemos jugando en cada momento y del valor que le demos a los deseos y objetivos propios y ajenos. Pero también es cierto que desde pequeños presentamos una cierta predisposición a cómo resolvemos nuestros  problemas y esa actitud será la predominante en nuestra etapa de adultos.
 
Lo primero pues, es reconocer cómo solemos enfrentarnos a los conflictos. ¿Qué postura se asemeja más a la tuya?
 

(1) Apisonadora: Cuando tenemos un objetivo propio (“mi tesoro”) al que no estamos dispuestos a renunciar y que sí o sí queremos conseguir, importándonos bastante poco lo que quiera, piense o sienta el otro. Internamente queremos ganar cueste lo que cueste y sobre quien se tenga que pasar; el problema sólo quedará resuelto si conseguimos nuestro objetivo. Difícil postura para una negociación ¿no?
 
o             Frase: “Aquí lo realmente importante es lo mío, me importa un pepino todo lo demás”.
 
o             Gestiono el conflicto desde la postura: Yo gano/Tú pierdes.
o             Compito. Esta actitud es tremendamente complicada en la gestión de equipos; el no dar nunca tu brazo a torcer acarrea muchos enemigos y no siempre obtendrás la victoria, piensa qué sucederá el día en el que seas tú el que pierdas.
 

(2) Avestruz: Cuando sabemos que el problema está ahí pero no lo queremos ver. Nos aterra poner de manifiesto su existencia y los resultados que esto pudiera conllevar. Creemos que no nos aporta nada enfrentarnos  a la situación que nos desagrada (el autoengaño nos durará poco pero seremos felices mientras dure), o pensamos que nuestro objetivo, necesidad, aquello que queremos, en realidad no tiene tanta importancia como para dejarse la piel en alcanzarlo. Preferimos mantener una aparente “paz social”. Tampoco analizamos qué puede motivar a la otra parte, simplemente huimos esperando que con ello los problemas se volatilicen. Como los quitamanchas: los echas para tener una colada reluciente, pero ¡sorpresa! hay manchas que nunca salen y toca frotar y frotar.
 
Desde esta postura el conflicto no se gestiona, simplemente se pospone con lo que contribuimos a engordar la bola de nieve.
 
o             Frase: “Lo mío no me importa y lo tuyo tampoco, haz lo que quieras”.
o            Gestiono el conflicto desde la postura: Yo Pierdo/Tú Pierdes ¡qué más da, mientras me dejes en paz!
o            Evitamos el conflicto. Recuerdo el caso de un colega con un miedo casi patológico a enfrentarse abiertamente a los problemas. Paseaba su visión Zen de la vida dando lecciones de lo importante que era crear “buen rollo”; daba igual que  pisotearan a su equipo, él miraba hacia otro lado. Al final la situación se volvió tan insostenible – sí, o sí debía plantar cara a varios conflictos no resueltos y de unas dimensiones considerables- que prefirió abandonar voluntariamente la empresa antes de coger “el toro por los cuernos”.
 

(3) Sancho Panza, el fiel escudero: Con esta postura intentamos que el conflicto se resuelva rápidamente. Entregamos nuestras armas a la otra parte antes de entablar batalla. Cuando ante un problema acatamos sistemáticamente la postura del otro lo que hacemos es dejar de lado nuestro objetivo, nuestros sentimientos, nuestro punto de vista.  El todo o nada queda siempre resuelto a favor del “contrincante”. Normalmente con esta postura damos más importancia a satisfacer a la otra parte o a resolver rápidamente el conflicto, que a nuestros propios intereses.
 
No nos engañemos, esta actitud mantenida en el tiempo quema, quema mucho y puede llegar a abrasarnos internamente. Un buen día explotaremos, sacaremos un pergamino lleno de “aquellos objetivos a los que renuncié por ti” y la otra parte, ajena a este proceso interior y a nuestra renuncia, quedará perpleja, ojiplática.
 
o       Frase: “Lo mío no importa, lo importante es lo que quieras tú”.
o       Gestiono el conflicto desde la postura: Tú Ganas/Yo Pierdo, por esta vez no importa.
o       Cedemos, acatamos. En ocasiones esta forma de enfrentarse al conflicto suele llevar parejo un contrapunto: expresar nuestra frustración ejerciendo nuestro poder con otra persona. En las Organizaciones identificamos este perfil con el del  “trepa” que presenta sumisión con los de arriba y que exprime y ejerce su tiranía con los de abajo; un Ser peligroso donde los haya.
 

(4) Negociador: Cuando tenemos claro que hay que solucionar los aspectos divergentes que dan origen al conflicto y que para ello nuestros objetivos y sentimientos son tan importantes como los del otro. Entendemos que para resolverlo será preciso renunciar a parte de nuestros planteamientos y deberemos estar abiertos a entender e incorporar en la solución final los planteamientos y sentimientos de aquel que tenemos delante. El tira y afloja que conseguirá un compromiso para ambas partes.
 
o       Frase: Lo mío importa tanto como lo tuyo”.
o       Me enfrento al problema desde la postura: Tú Ganas/Yo Gano
o       Pactamos, cediendo pero también ganando. Aunque hay autores que separan la postura de colaboración, para mí ambas actitudes van unidas, ya que en una buena negociación lo importante es que ambas partes ganen y cuanto más mejor.
 
Identificar nuestra tendencia nos ayudará a potenciarla, matizarla o  amordazarla según lo requiera cada situación. Habremos dado el primer paso.

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