"Si tus acciones inspiran a otros a soñar más, aprender más, hacer más y ser mejores, eres un líder". John Quincy Adams

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martes, 11 de noviembre de 2014

El arte de echar la culpa al otro.



Sentada en el sofá, mientras me recupero del segundo catarro del otoño, entre fiebre, tos y dolor de garganta, leo, escucho y veo lo mismo una y otra vez: “la culpa de todo siempre la tiene el otro”, da igual si hablamos de corrupción, de epidemias, de mala gestión… entre los que estaban y no sabían, los que sabían y permitían y los que sin saber hacían ¡estamos apañados!

Resulta difícil asumir los errores, reconocer que tal vez nos hemos pasado de listos, que tal vez hemos bajado la guardia y hemos subido el nivel de tolerancia ante todo lo que antes nos parecía intolerable. “De aquellos polvos, estos lodos.”

Justificar nuestros actos siempre y en todo lugar, puede llevarnos a una espiral en la que perdamos pie y norte.

Por desgracia el todo vale  no roza sólo a las grandes esferas; encontramos situaciones a pie de calle, al nivel organizativo más “bajo”, en el día a día.

Por suerte, cada vez el clamor se acabó a lo María Jiménez se alza más alto y más fuerte.

En estos días de mantita, caldito y cuidados he vuelto a revisar algunos vídeos de Iñaki Piñuel, sin duda pionero en nuestro país en el estudio del mobbing y de todos ellos me quedo con una entrevista en la que hace ya algunos años hablaba de organizaciones tóxicas.

Las organizaciones las hacemos las personas y cuando hablamos de ese tipo, esas cargaditas de riesgos psicosociales, son por tanto las personas con su hacer y no hacer las que inoculan la toxicidad, con decisiones, silencios, miedos y desmotivación.

Piñuel expone que aunque esto ha existido siempre, se ha incrementado por la crisis o más bien con la excusa de la crisis.

En determinados ambientes (aunque he de reconocer que cada vez me llegan más casos de sectores totalmente diferentes donde la pauta se repite) ha crecido como champiñones una nueva estirpe: los killers, auténticas armas de destrucción masiva organizativas.

La gente tiene miedo: miedo a perder el trabajo, miedo a hablar y a poner de manifiesto lo que no le gusta de cuanto acontece a su alrededor, a decir No bien alto y bien claro y ese caldo de cultivo ha permitido, por una parte, que estos personajes escalen hasta los puestos más altos o no tanto, para poner en práctica la limpieza étnica y poner de moda “el que no rinda a la calle” y por otra, que se mire hacia otro lado y sin rechistar cuando las cosas se ponen feas, no vaya a ser que se ocupe el siguiente lugar en la lista de "elegidos para el exterminio

Como los monos: "no veo, no escucho, ni veo…así sobrevivo".

El poder lo otorgamos de muchas maneras, entre ellas practicando el silencio, el silencio de los corderos.

Claro que ¡quién quiere ser Juana de Arco!

La hipoteca, el cole de los niños, el abismo del paro y la exclusión…. demasiado por perder y muy poco que ganar.

¿Dignidad? Sí, pero con eso no se come, diréis mucho de vosotros.

Mejor mirar hacia otro lado y seguir subsistiendo que ya vendrán tiempos mejores.
Creía firmemente en la meritocracia, por eso supongo que ver cómo se esfuma, cómo ni sirve ni sirvió, cómo descubrir que vale incluso lo que nunca debió valer me genera un malestar interno y  preguntas que lanzar al exterior:


¿Cómo educar a nuestros hijos en valores rodeados de mensajes en el que el más listo es el que consigue lo que quiere pese a quien pese?

¿Cómo pedir esfuerzo y tesón cuando tienen alrededor quienes buscan y encuentran atajos para alcanzar el poder?

Difícil, pero al menos yo no pienso tirar la toalla.
Soy de las que opina que la realidad se puede cambiar; por eso me gustaría que el movimiento social que estamos viendo, ese ¡basta ya!, llegue de alguna forma al ámbito laboral; que poco a poco dejemos de ser permisivos con políticas, conductas y acciones que matan organizativamente, y apostemos con contundencia por el desarrollo de un  liderazgo saludable.


¿Qué opinas tú?

Imagen: Pixabay

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