"Si tus acciones inspiran a otros a soñar más, aprender más, hacer más y ser mejores, eres un líder". John Quincy Adams

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viernes, 21 de junio de 2013

La huella de nuestro liderazgo


A lo largo de nuestra vida dejamos huellas de muchos tamaños, colores y texturas. El ser humano es demasiado rico en emociones como para clasificar los recuerdos en una lista, pero 

¿Alguna vez te has planteado la huella que tu liderazgo va a dejar en el equipo el día que lo abandones?
 
 

Aunque a todos nos encantaría que nuestros colaboradores hablaran de nosotros maravillas, y nos recordaran extasiados, con una sonrisa en los labios y brillo febril en los ojos, no nos engañemos, dejar HUELLA+, así con mayúsculas y en positivo, sólo la dejan los grandes líderes, los que yo llamo pura sangre:

                            
Capaces de conducir al equipo allí donde quiere llegar pero haciendo que el control del viaje parezca que reside en el jinete y no en la montura.
 
Aquellos que hacen que te enfrentes a los retos con pasión, invitándote a saltar cada obstáculo sintiendo el vértigo y la adrenalina en la sangre y disfrutando con ello.
 
Los que si te caes, te levantan; si te pierdes, te encuentran; sin demasiados reproches, enseñándote que en cada fallo siempre encuentras una estupenda oportunidad de mejora.
 
Si. Estos son grandes líderes.
 
Cuando los encuentras en tu camino, aprendes en el durante y también en el después. Les has seguido y lo volverías a hacer con los ojos cerrados, porque han conseguido que aflorara lo mejor de ti.
 
De este liderazgo hay que aprender. Siempre.
 
En el otro extremo nos encontramos con HUELLAS-, de Tyrannosaurus Rex, las que nos gusta ver expuestas en la vitrina de un museo junto al cartel de especie extinguida. Si hubiésemos convivido con el animalito en cuestión, su presencia  nos hubiera  hecho huir despavoridos.

El liderazgo agresivo de depredador, de “yo soy el que mando y punto, de soy el más fuerte, el más grande y apártate de mi camino o te llevo por delante”, suele dejar heridas profundas, difíciles de olvidar.

Si el objetivo de quien ejerce este tipo de liderazgo es que le recuerden, que no le quepa la menor duda, le recordarán; con cierto terror, pero lo harán. ¿Cómo líder? Lo dudo. En el mejor de los casos como jefe-capataz. Cuando su equipo recuerde el tiempo compartido,  probablemente sólo sienta un gran alivio con su desaparición. Aprender, lo que se dice aprender…

... han aprendido a  protegerse, a adivinar con antelación sus deseos, a no provocar su ira, a mantener la boca cerrada y los ojos bien abiertos… en fin, algo es algo.
 

Pero la gran mayoría nos movemos en la normalidad. El común de los mortales coordina equipos dejando huellas más o menos profundas; desde huellas de elefante hasta huellas de colibrí, incluso de mosca. Pequeñas huellas que con el tiempo se borrarán.

Liderar equipos no es nada fácil. Que te recuerden cuando ya no estés, menos aún. Seguramente algún día echen en falta tu capacidad para organizar o planificar un proyecto,  la manera en la que compartías tus conocimientos y experiencias; puede que recuerden con sorna las mañanitas en las que te habías levantado con el  pié izquierdo, o cómo les apoyabas cuando pedían tu ayuda, cómo gestionabas los conflictos empleando diálogo como fármaco infalible o les defendías cuando las críticas eran infundadas.

Y quien sabe, siempre pude ocurrir que “otro vendrá que bueno te hará”, y aspectos de tu liderazgo que habían pasado desapercibidos, florezcan, salgan a la luz y una vez más… te recuerden e incluso piensen, sientan y reconozcan que fuiste para ellos un buen líder.

 


 

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