"Si tus acciones inspiran a otros a soñar más, aprender más, hacer más y ser mejores, eres un líder". John Quincy Adams

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miércoles, 29 de agosto de 2012

Adictos a la velocidad


La mayoría de nosotros vivimos circulando por una autopista de 5 carriles (para qué vamos a conformarnos con la clásica de 3); siempre a velocidad máxima por el de la izquierda, el que deberíamos utilizar sólo para adelantar en momentos puntuales. Ir a menos de 150 Km. por hora es de flojos; los fuertes emplean todo su tiempo en múltiples actividades. Oye y parece que todas las hacen bien.

Pisamos el acelerador tantas veces a lo largo del día con o sin motivo, que nuestro pié se ha quedado pegado literalmente al acelerador. No podemos frenar. Se nos ha olvidado cómo hacerlo. Da igual si realmente existe la urgencia. Si no existe nos la inventamos. Enviamos a nuestro cerebro las órdenes oportunas para que todo, absolutamente todo, sea visto desde la perspectiva de lo prioritario. Tiene que estar, y tiene que estar para ya.

No somos conscientes de la velocidad que imprimimos a nuestra existencia, hasta que nos paran, para bien o para mal.

Quedémonos con un ejemplo de “parada positiva” como sin duda lo es el periodo vacacional. Claro que para llegar a disfrutar de las vacaciones - como decía la profesora Coco en Fama  aquella serie mítica - hay que aprender a ganarlas con sudor. Absurdo ¿no? Pues eso, que es decir en la oficina que te vas de vacaciones – da igual que sea un mes o unos días de descanso-  y se activan todas la alarmas como si de una fuga radioactiva se tratara; estamos acostumbrados a escuchar dentro de las organizaciones que nadie es imprescindible pero sueltas las palabras mágicas “me marcho de vacaciones” y  los temas se acumulan, los clientes te llaman y quieren que les resuelvas sus dudas para antes de ayer, los informes que nadie quería, ahora son vitales tenerlos antes del día D… en fin, aceleramos, nos quedan pocos días para ser libres.

La víspera de ese día D la presión se incrementa aún más si cabe como si formáramos parte de las tropas del desembarco de Normandía. Tras horas agotadoras, sales de la oficina con la corbata desanudada o los tacones sustituidos prácticamente por unas chanclas… llegamos a casa derrotados. Los niveles de reservas hace días que se agotaron, pero pisamos nuevamente el acelerador: a primera hora de la mañana hay que coger el vuelo o iniciar la ruta que nos aleje de la jungla en la que vivimos… un poquito más de velocidad ya no importa.

Así comenzamos nuestros días de “libertad condicional”. Agobiados, estresados, sobre revolucionados y hechos una piltrafilla. Nos ponemos el atuendo de veraneante y las primeras jornadas nos arrastramos por la arena como los moluscos. El agotamiento ha llegado a su nivel álgido. Pero aún así, no podemos descomprimirnos:

Si vamos al supermercado, nos quejamos de la señora del carrito que se para 5 minutos a elegir con parsimonia entre la bandeja de pollo o los filetes de ternera. ¿Qué pasa, qué no tiene otra cosa mejor que hacer?

Si nos sentamos en una terraza frente al mar, en vez de disfrutar del tempo lento de la vida veraniega, nos llevan los demonios si esperamos más de diez minutos sin que el camarero haya venido a tomar nota. ¡Es tremendo! ¡Qué barbaridad! Dos minutos más y me levanto.

Si elegimos dar un paseo, nuestro paso de urbanitas descompuestos choca con el del resto que en fila de dos o tres personas disfrutan de una charla animada mientras caminan. ¡Señoras… no bloqueen el paso!

Patético, tal vez exagerado, pero próximo a lo que vivimos o sentimos un gran porcentaje de nosotros esos primeros días. Confesarlo es otra cosa.

Necesitamos al menos entre una semana y diez días para desajustar el programa preinstalado en nuestro interior, y claro cuando inicias la desintoxicación, cuando consigues olvidarte del reloj y las prisas, debes regresar y esperar un año para volver a ser libre.

Esto no es sano. Vivir en permanente alerta además de alejar de nuestra vida muchos momentos importantes y felices que no atrapamos por las prisas, mantiene nuestro organismo en un estado de alerta que nos pasará factura. Gestionar la vida desde la urgencia es tremendamente triste. Gestionar equipos desde esa perspectiva, ineficaz. Como en toda adicción, de ésta hay que desengancharse o al menos intentarlo.

Para la esfera privada yo hace tiempo que pongo en práctica un ejercicio muy sencillo que inventé jugando con mi hija cuando aún era un bebé. El juego consiste en lo siguiente: cada vez que sentimos que somos felices aún en una milésima de segundo por un abrazo, una sonrisa, un beso, un mensaje, una sonrisa… hacemos una foto de ese momento con la mente (incluso imitamos en voz alta el ruido de las antiguas cámaras de fotografías “cruss-cruss”).  Es mi manera de “parar” unos segundos y aprehender esos instantes felices que de otra manera pasarían desapercibidos en la vorágine diaria.

En la gestión de equipos ante proyectos de mucha tensión, incluso con equipos multidisciplinares e ínter departamentales, y sobre todo en momentos de crisis, programaba lo que llamaba “parada técnica”. Nos sentábamos alrededor de una mesa, a ser posible tomando un café, haciendo un repaso de lo que cada uno había hecho y/o le quedaba por hacer. En general el equipo se ponía tenso, esa parada parecía una auténtica pérdida de tiempo, tiempo que debían emplear para avanzar y cerrar temas. Yo siempre les decía lo mismo: esos 15 - 20 minutos eran tan importantes o más que las horas previas o las posteriores. Hacíamos unas risas. Desestresábamos y si era necesario “sincronizábamos los relojes” para la siguiente parada. Algunos colaboradores nunca lo comprendieron. Otros en cambio aún lo agradecen. Era mi manera de levantar el pie del acelerador y enseñarles a ellos a hacerlo.

Ahora que las vacaciones han terminado para la mayoría, no está de más intentar incluir en nuestro día a día ese “kit-kat” que hemos incorporado durante unos días a nuestra existencia: ralentizar nuestro paso, usar más el freno e intentar dar a las cosas que nos rodean la importancia justa.

No todo es urgente, o tal vez lo sea, pero dentro de la urgencia deben existir escalas y en los últimos escalones no es aconsejable situar sistemáticamente el disfrutar de lo que realmente da sentido a nuestra vida.

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